El mundo se niega a separar al artista de su obra: 50 % de noes frente al 21 % de síes, con un 29 % de votantes sin opinión. El bando del rechazo alcanza la mitad de los votos, pero la indecisión pesa más que el bando favorable.
La brecha de género es llamativa y completa: los hombres votan mayoritariamente por la separación, las mujeres mayoritariamente en contra, además de una parte notable de indecisas. Los dos grupos no se inclinan hacia el mismo lado.
La edad es igual de tajante: los de 25-34, los de 45-54 y los de 13-17 años rechazan unánimemente la separación, mientras que los de 55 a 64 la aceptan por completo. Los mayores de 65 se niegan del todo a pronunciarse, y los de 18 a 24 forman la franja más dispersa, repartida entre las tres respuestas.
El debate está mejor surtido de lo que el voto haría pensar, y pronto se convierte en diálogo. El bando del rechazo sostiene dos argumentos distintos. El primero es estético: el arte nace del interior del artista y transmite necesariamente algo de él. El segundo es moral y práctico: consumir la obra es financiar a su autor y arriesgarse a blanquearlo por simpatía.
El argumento de las víctimas reaparece como punto de fricción central: separar equivaldría a minimizar actos a menudo graves y castigados por la ley. Una voz admite, por otra parte, que la separación se sostendría en un mundo ideal, pero no en este, donde el arte es también una herramienta de influencia y de remuneración.
El bando favorable no lo discute; desplaza el razonamiento hacia la autonomía de la obra: una vez creada, la interpretan millones de personas que encuentran en ella sentidos a veces opuestos a los de su autor, y esa vida fuera de él le otorga una existencia propia.
El hilo se cierra con una reformulación que ambos bandos parecen aceptar: la verdadera pregunta no sería « ¿se puede? » separar, sino « ¿en qué circunstancias es aceptable hacerlo? ». La petición de ejemplos concretos, en cambio, queda sin respuesta: ahí se detuvo el debate.