El mundo rechaza la prohibición: el 57 % vota no y solo el 14 % quiere desterrar el coche de la ciudad. Pero el 29 % no tiene opinión, una proporción muy alta que pesa casi tanto como el bando ganador: la pregunta divide menos de lo que incomoda.
Entre los hombres el rechazo es total: ni un voto a favor de la prohibición. Las mujeres también rechazan mayoritariamente la idea, pero un tercio prefiere no pronunciarse. Ahí se concentra casi toda la vacilación.
Por edad, los de 13 a 17 años se reparten exactamente entre el rechazo y la falta de opinión, sin que ninguno defienda la prohibición. Los de 18 a 24 reproducen la estructura mundial: mayoría en contra, minoría a favor y una reserva de indecisos.
El debate, en cambio, no arrancó. Habló una sola voz, y lo hizo en clave irónica: una pulla sobre el olor a gasóleo que se respira en la ciudad. Está clasificada del lado del rechazo, pero su ironía apunta a la contaminación: incluso la única intervención del día se niega a elegir bando con claridad.
Quizá sea esa la verdadera lección de la jornada. En una pregunta que suele enfrentar ecología y libertad de circulación, el voto se decanta netamente contra la prohibición, pero nadie acude a defender ese rechazo con argumentos. Aquí el « no » gana por evidencia, no por demostración.