Mayoría clara a favor de la prohibición: el 71 % quiere prohibir la publicidad de la comida basura, frente al 14 % que se opone y otro 14 % sin opinión.
Los hombres están unánimemente a favor. Las mujeres también respaldan ampliamente la medida, pero aportan la totalidad de la oposición: el desacuerdo lo sostiene un solo grupo.
La brecha más marcada sigue siendo generacional: los de 45 a 54 años aprueban la prohibición por unanimidad, mientras que los mayores de 65 la rechazan en bloque. Los de 18 a 24 se inclinan claramente por el sí, pero conservan una parte de indecisos.
El debate no reproduce esa correlación de fuerzas: es más comedido que el voto. El argumento favorable se resume en una idea de salud pública: la comida basura es un problema para todos, y promocionarla mediante publicidad incita a consumirla al tiempo que banaliza su efecto nocivo.
Enfrente, nadie defiende la publicidad en sí. La objeción atañe al alcance de la medida: en lugar de una supresión total, restricciones específicas, sobre todo en la publicidad dirigida a los niños, acompañadas de educación nutricional.
Una respuesta añade los dos límites que el bando mayoritario nunca menciona: el coste económico de una prohibición y la parte de responsabilidad individual, ya que cada cual debe cuidar lo que consume. La jornada enfrenta así menos a dos bandos que a un principio contundente en las urnas y una dosificación prudente en el hilo.