El mundo se inclina por la filosofía desde secundaria sin zanjarlo: 55 % de síes frente a 45 % de noes, y ningún indeciso. Es uno de los resultados más ajustados del archivo.
El género no explica nada aquí: hombres y mujeres se dividen exactamente en dos, en idénticas proporciones. Es lo bastante raro como para señalarlo: la línea de fractura está en otra parte.
Es generacional, y es franca. Los de 25 a 34 y los de 45 a 54 años están unánimemente a favor, los de 18 a 24 mayoritariamente a favor, mientras que los de 55 a 64 y los mayores de 65 rechazan la idea en bloque. Cuanto más se aleja uno del instituto, más duda de lo que este puede absorber.
Es el hilo más nutrido de este periodo del archivo y, sobre todo, el más dialogado: varios intercambios se responden a lo largo de varios turnos en lugar de yuxtaponer posturas. El bando del rechazo sostiene dos argumentos: la prioridad debería ir a lo básico (ortografía, gramática, matemáticas, geografía) y los alumnos, ya sobrecargados, no tienen todos la madurez necesaria; hacerlos pensar, sí; lanzarlos a Platón o Kant, no.
El bando favorable no discute la dificultad, discute la conclusión. Su respuesta mejor recibida da la vuelta a la objeción: si a muchos alumnos les falta apertura, esa es una razón para introducir la filosofía, no para apartarla, siempre que se haga progresivamente. Otra voz señala un problema de forma más que de fondo: la asignatura sufre prejuicios y no es más abstracta que las matemáticas avanzadas, mucho menos criticadas en ese terreno.
El hilo se cierra en un punto de encuentro inesperado: hacer la materia concreta aplicando las grandes tesis a ejemplos de la vida cotidiana. Incluso los opositores preguntan « ¿cómo la harías más concreta? », señal de que el desacuerdo versa menos sobre la utilidad de la filosofía que sobre la manera de enseñarla.