El libro gana con holgura: el 69 % considera que un libro supera a su adaptación cinematográfica, frente al 15 % que opina lo contrario y otro 15 % sin opinión.
Hombres y mujeres votan en el mismo sentido, ellas de forma algo más rotunda. Ninguno de los dos grupos aporta un bando minoritario consistente: el desacuerdo es marginal en todas partes.
Por edad, el acuerdo es casi total entre los de 18-24, los de 45-54 y los mayores de 65. Solo la franja de 55 a 64 años bascula íntegramente al otro lado: el único foco de resistencia de la jornada.
El debate converge, pero su argumento más respaldado es también el más elaborado: la adaptación responde a limitaciones comerciales, hay que simplificar la historia, hacer los personajes inmediatamente legibles, caber en dos horas y seducir al mayor número. De ahí la frase que caló: el libro pertenece más a quien lo lee, la película a quienes la producen.
Otra voz lleva la misma idea al terreno práctico: una película de hora y media o dos horas sacrifica lo que parece secundario, allí donde la novela desarrolla personajes y detalles.
La intervención más matizada procede, sin embargo, del bando mayoritario. Reconoce que ciertos elementos de un libro no pueden trasladarse a la pantalla, y viceversa, y que lo que se deja a la imaginación del lector encuentra en el cine un marco más preciso. Su preferencia por el libro se basa justamente en ese trabajo de imaginación exigido al lector: no se juzga la calidad de la adaptación, sino la libertad que se deja al espectador.