El mundo rechaza la retirada, pero sin mayoría aplastante: 56 % de noes, solo un 11 % de síes y un 33 % de votantes sin opinión. Un tercio de indecisión es mucho: la señal de una pregunta cuya respuesta depende de un punto jurídico que pocos dominan.
La brecha de género es nítida: los hombres rechazan la retirada por unanimidad, mientras que las mujeres se dispersan entre las tres opciones y la mitad prefiere no pronunciarse. De ahí procede la mayor parte de la vacilación mundial.
Por edad, los de 45 a 54 años rechazan unánimemente la supresión y los de 18 a 24 la refutan ampliamente. Los de 55 a 64 y los mayores de 65, en cambio, están íntegramente sin opinión: las dos franjas de más edad no quisieron pronunciarse en absoluto.
El debate, al contrario que el voto, es inequívoco. El argumento técnico se plantea de entrada: catorce segundos es irrisorio, y el derecho de cita permite precisamente ese tipo de extracto cuando sirve para ilustrar un argumento. Retirar una investigación de una hora y cuarto resulta, pues, desproporcionado respecto de lo que se reprocha.
La intervención mejor acogida lleva la cuestión al fondo: cuando una investigación aborda acusaciones graves y difíciles de acreditar ante un tribunal, invocar el derecho de autor se parece menos a defender una obra que a proteger una reputación.
Una última voz resume la misma intuición en tono de broma, señalando el interés comercial que hay detrás. No llegó ninguna contradicción: en esta jornada, el tercio de indecisos no tomó la palabra, y el bando favorable a la supresión tampoco.