Con un 69% a favor del sí, el veredicto es claro: la mayoría considera que la felicidad depende principalmente de uno mismo.
La brecha de género es llamativa: los hombres votan mayoritariamente no, las mujeres muy ampliamente sí. Los menores de 25 años son los más divididos, mientras que los mayores de 45 convergen hacia un sí casi unánime.
Las voces reflejan la tensión central: sí a las elecciones personales y la actitud, pero con una reserva compartida. Guerra, enfermedad y pobreza se citan como fuerzas que escapan a la voluntad. Una voz propone una escala: cuanto menos estables son las condiciones de vida, menos control tiene el individuo sobre su felicidad.