Veredicto dividido, con ligera ventaja para la acusación: el 43 % considera que las feministas más radicales perjudican a su causa, el 36 % lo discute y el 21 % no se pronuncia.
La brecha de género es la más significativa de la jornada: los hombres respaldan ampliamente la idea, mientras que las mujeres se reparten en partes exactamente iguales entre el sí y el no. Quienes más directamente concierne la pregunta son las menos categóricas.
La edad produce posturas inversas y tajantes: los de 55 a 64 años suscriben totalmente la idea, los de 45 a 54 la rechazan con la misma rotundidad, los de 18 a 24 se inclinan por el rechazo y los mayores de 65 se dividen entre la adhesión y la falta de opinión.
El debate produjo una sola intervención, y viene del bando minoritario, pero es de las mejor acogidas de este periodo del archivo. Procede por comparación histórica: las mujeres que reclamaban el derecho al voto antes de 1944 eran percibidas como radicales, los abolicionistas de la esclavitud también, y los revolucionarios del siglo XVIII igualmente.
Su conclusión cabe en una frase: la radicalidad evoluciona y no es necesariamente negativa, puesto que permite la evolución de la sociedad. El argumento no defiende ninguna acción concreta; cuestiona el hecho mismo de juzgar un movimiento por lo que parece excesivo en el momento.
La jornada enfrenta así un voto mayoritariamente crítico a un debate que, a falta de contradicción, solo ofrece la objeción. Quienes sostuvieron la acusación en las urnas no tomaron la palabra para fundamentarla.