El veredicto es claro: una amplia mayoría mundial se opone a prohibir los símbolos religiosos en el espacio público, con escasa indecisión.
La brecha de género es llamativa: las mujeres rechazan masivamente la prohibición, mientras que los hombres se dividen en partes iguales. El grupo de 55 a 64 años es el único que se inclina por la prohibición.
El argumento más destacado señala una contradicción interna en la laicidad: si el espacio público debe ser neutro, esa neutralidad debe aplicarse a todos los símbolos por igual. Tratar ciertas tradiciones de manera diferente equivale a una discriminación encubierta.