El mundo aprueba la obligación: el 60 % considera que hay que obligar a los médicos a instalarse donde faltan, frente al 40 % que se opone y ningún indeciso.
Hombres y mujeres votan en el mismo sentido, con una diferencia pequeña: ellas algo más favorables. El género no es la línea de fractura de esta jornada.
La edad lo es más: los mayores de 65 y los de 45 a 54 años apoyan unánimemente la obligación, los de 55 a 64 la rechazan con la misma unanimidad y los de 18 a 24 se dividen exactamente en dos.
El debate se apoya en una comparación que aparece en las dos intervenciones favorables: los profesores no eligen su destino tras aprobar la oposición, ¿por qué sí los médicos? El argumento de fondo es el acceso a la atención sanitaria: un oficio vital y unos desiertos médicos considerados escandalosos.
Pero el propio bando favorable señala el límite de la coacción. La misma voz añade que obligar no bastará: también hay que atraer, con ayudas económicas y locales, algo que ya se practica en algunas regiones.
La única objeción del hilo desplaza el problema y llega como respuesta: ¿y si la supuesta exigencia de los jóvenes médicos no fuera más que el síntoma de una falta global de profesionales? Querer horarios vivibles y vacaciones no tiene nada de anormal. El desacuerdo versa, pues, menos sobre la obligación que sobre su diagnóstico: forzar a una profesión o reconocer que es demasiado escasa.